Se construyó la estación en 1907 como parte del plan del ferrocarril trasandino, que buscaba unir Valdivia con San Martín de los Andes mediante una ruta comercial terrestre, evitando el paso marítimo. Sin embargo, este plan no llegó a completarse: solo se construyeron 40 km del trazado ferroviario, que llegaban hasta Riñihue.
Durante años, la estación funcionó como un lugar de reunión y movimiento en Los Lagos gracias a su tren de trocha corta, conocido popularmente como “tren chico”. La casona fue edificada para ser el edificio más alto de la ciudad, incorporando dos torres que, en un principio, no fueron utilizadas.
En la década de 1950, la estación pasó a ser el hogar del jefe de estación, habilitándose el segundo piso para tal fin. El tren chico dejó de funcionar en la década de 1990, lo que provocó el deterioro progresivo de la estación.
Desde 2013, la ex estación forma parte del conjunto ferroviario declarado Zona Típica por el Consejo de Monumentos Nacionales, lo que permitió avanzar hacia un proyecto de restauración de la casona, inaugurada como Centro Cultural en 2021.
📍¿Quieres conocer más? Haz clic aquí para explorar el mapa patrimonial interactivo de Los Lagos.
Bienvenido al hall de entrada que hoy lleva mi nombre, Florinda Miño Fuentes. Yo me dediqué toda mi vida a las artesanías: desde el tejido a palillo y crochet, hasta el huso y la rueca. En el año 2010 tuve el honor de ser reconocida como Maestra Artesana de la Región de Los Ríos.
Aquí, frente a nosotros, está el mesón de la entrada. En mis tiempos era el lugar donde se vendían los boletos de la estación. Solo imagina la cantidad de personas que pasaron por aquí, entrando y saliendo, desde 1907 cuando esta estación fue inaugurada como parte del plan trasandino.
Ese plan soñaba con unir Valdivia con San Martín de los Andes. Y todo comenzó aquí, en Los Lagos, con el querido “tren chico”, como lo llamábamos por lo angosto de sus vías. Un tren que marcó la vida y la memoria de este lugar.
Tengo a mi alrededor obras y objetos que podrían interesarte. De la artista Malu Marchan, hay piezas en honor al legado del escritor Avelio Toledo en artes visuales. Y te recomiendo mucho mirar ese libro que está bellamente construido por Fernanda Sánchez; de verdad, es un pequeño tesoro.
También están los pupitres de la Escuela N° 38, que hoy es la Escuela Francia. Están aquí para recordarnos que el tiempo pasa… pero también para que nos riamos un poco de cómo alguna vez nos sentábamos en ellos. Junto a los pupitres, está la campana que encontraron enterrada por allá, en Lipingue, de la primera escuela del sector. Y, por su puesto, una réplica de las balsas del río San Pedro, que nos recuerda a esos hombres valientes que bajaban río abajo transportando maderas, con esfuerzo y mucho coraje.
Bienvenido a mi sala. Mi nombre es Miguel Ramírez Bravo y lo que ves aquí es la Colección Collilelfu, formada por más de setenta vasijas cerámicas completas: jarros, botellas, ollas y platos que guardan la memoria de este territorio.
A principios de los años 80, la municipalidad de Los Lagos sufrió un incendio y, durante la reconstrucción, aparecieron cántaros enterrados en sus cimientos. Muchos pensaron en desecharlos, pero yo no podía permitir que se perdiera un hallazgo así.
Me los entregaron y, desde entonces, decidí preservarlos y exhibirlos en mi farmacia. Ahí estuvieron, a la vista de todos, por casi cincuenta años. Con el tiempo, mi hijo Cristian Ramírez Garrido donó la colección a la Ilustre Municipalidad de Los Lagos, para que estas piezas fueran resguardadas y compartidas con toda la comunidad.
Hoy se exhiben en esta sala que lleva mi nombre. Y créeme, cada una de estas vasijas no es solo barro cocido: es historia viva, rescatada del olvido. Cuando uno mira estas piezas, no ve solo cántaros o jarros de greda. Lo que tenemos aquí son historias, formas de vida que se contaban en silencio, a través de la arcilla.
Gran parte de la colección pertenece al estilo Valdivia, esa alfarería que nació allá por el siglo XIV. Se reconoce fácil, con su pintura rojo sobre blanco y esos jarros con líneas y figuras geométricas. No eran solo objetos: se usaban en encuentros, en momentos donde la gente se reunía, compartía, y reforzaba sus lazos. Por eso digo que estas piezas hablan de comunidad, de vínculos, de política incluso, porque todo eso estaba presente en sus manos y en sus fiestas.
También hay piezas del complejo Pitrén, mucho más antiguo, de entre los años 300 y 1000 después de Cristo. Esa cerámica era más sencilla, monocromática, pero representa a los primeros grupos en el Wallmapu que trabajaron la greda. Imagínese lo que significa: cada uno de estos objetos es como una página escrita en arcilla, una narración histórica del pueblo mapuche y mapuche-huilliche.
A lo largo de los años fui guardando estas vasijas que aparecían en excavaciones o en trabajos en Los Lagos. Llegué a juntar cerca de 120 piezas, aunque hoy se conservan unas 70. No todas están a la vista en esta sala, pero créame, cada una tiene algo que contar. Y a mí siempre me gustó pensar que mi tarea era esa: cuidarlas, preservarlas, darles un lugar para que pudieran seguir hablando a quienes vinieran después.
Bienvenido a esta sala que alguna vez fue la oficina del jefe de estación. Hoy la memoria se respira aquí con otros rostros y otras voces, pero aún queda la huella de lo que fue un espacio de mando y organización ferroviaria. Ahora, convertido en sala de exposiciones, su función sigue siendo la de reunirnos en torno a algo importante: la historia y el arte.
Soy Raúl Alvarado Bassay, fotógrafo de Los Lagos. Durante años recorrí la comuna con mi cámara, pero también con los ojos atentos a la memoria de los demás. Muchas de las imágenes que conservo no son mías, sino que fueron donadas por familias que confiaron en mí para resguardar su historia.
Entre los objetos que guardamos aquí, destaca un telar mecanizado de principios del siglo XX. Fue distribuido por la empresa A. Jacob y Cía., con asiento en Valparaíso. Esta pieza, que perteneció a varias generaciones, fue donada por Gladys Rivera, antigua residente de Pichirropulli. Es un testimonio de cómo el trabajo textil acompañó la vida cotidiana de tantas familias de Los Lagos.
Mi nombre es Valentín Navarro Hermosilla. Empecé a cortar el pelo cuando era apenas un niño, dicen que a los doce años ya atendía a mis primeros clientes. Pasaron los años y mi peluquería se volvió un lugar de encuentro en Los Lagos, donde más que cortes se compartían historias, consejos y risas. Un diario nacional alguna vez me llamó el peluquero más longevo de Chile, pero lo que más valoro no es ese título, sino el cariño de mi gente, que me ha acompañado toda la vida.
Soy Avelio Toledo Obando, nacido en Los Lagos un 24 de septiembre de 1939. De niño fui travieso… tanto, que una vez en plena campaña presidencial me metí entre las piernas de Carlos Ibáñez cuando bajaba del tren. Él se rió y me saludó. Desde entonces me declaré ibañista, qué duda cabe.
A los 16 años entré a la Armada, en la Escuela de Grumetes de la isla Quiriquina. Tuve la suerte de navegar en el histórico Yelcho y en el crucero O’Higgins, recorriendo desde Punta Arenas hasta la lejana isla Navarino.
Eran tiempos de aventura, pero también de desvíos… la bohemia me ganó por un tiempo y casi me quita todo. Hasta que en 1972, gracias al apoyo de buenas personas, logré dejar atrás esa sombra y encontré en la poesía un refugio para el alma.
Mis versos son sencillos, nacidos de la nostalgia, del dolor y también del amor. En 1977 gané el primer lugar en la Fiesta de la Primavera con mi poema Elogio a la reina, y años después, en 1991, me nombraron Hijo Ilustre de mi comuna.
Fui poeta, marinero, albañil y, sobre todo, laguino de corazón. Me gustaba la buena conversación, encender un cigarro y dejar que los versos salieran de golpe, sin avisar. Hoy, si estás aquí, leyendo mis palabras, es porque los poemas siguen vivos, como mi amor por Los Lagos, aunque yo ya no esté.
Las obras aquí expuestas se realizaron dentro del proyecto "Encuentro de las Artes junto a Avelio Toledo", dedicado a preservar la vida y el legado del escritor Avelio Toledo a través de las artes.
Me conocían como el Conductor Núñez. Fui uno de los primeros en llevar el ramal del tren de Los Lagos a Riñihue, desde mediados de los años 20 hasta 1943. A ese tren se le decía el tren chico, por lo angosto de sus rieles. Pero detrás de esas vías había un gran sueño: el plan trasandino, que buscaba conectar Valdivia con San Martín de los Andes, cruzando la cordillera. El primer paso de esa ruta empezó aquí, en Los Lagos, con este pequeño tren de carbón que arrastraba madera y también pasajeros.
Aquí donde estamos, la memoria nos devuelve a esos años en que se soñaba grande, con un tren que iba a cruzar la cordillera. Imagínese, más de mil kilómetros, exactamente mil ciento treinta y siete, repartidos en seis tramos. El propósito era claro: facilitar el comercio agrícola y forestal, abrir caminos para el progreso.
En 1907 llegaron desde Alemania los rieles y tres locomotoras que aún se recuerdan por nombre: la Graciela, la Collilelfu y la San Martín. Ese mismo año se construyeron dos grandes puentes de fierro, fabricados en Schneider y Creusot, que vinieron a posarse sobre los ríos Collilelfu y Quinchilca, como guardianes de hierro en medio del bosque.
Para 1909 ya se podía andar en tren por los primeros treinta kilómetros desde Collilelfu, aunque todavía faltaban diez más para llegar a Riñihue. Y fue recién hacia 1916 cuando esos diez kilómetros se completaron, dejando lista la primera sección del Trasandino, con cuarenta kilómetros en total.
El sueño era cruzar montañas, pero al final ese tren quedó detenido en Riñihue, sin alcanzar nunca la frontera. Aun así, marcó una época: era símbolo de un deseo colectivo de crecer, de mirar más allá del valle
Claro, y después vino otra etapa. El Estado terminó comprando lo que aquí siempre le llamamos con cariño el tren chico. Ese fue el que siguió funcionando, hasta 1975. Ese año se cerró, y nos quedamos sin tren. Fue duro, porque el tren no era solo transporte, era la vida misma de la comuna, era ver pasar los vagones, escuchar el silbato, sentir que estábamos conectados al mundo.
Ya en los años 80 lo desarmaron… como si lo fueran borrando de a poco. Y hubo que esperar mucho tiempo, hasta el 2013, para que al fin se reconociera como monumento histórico. Fue como una justicia tardía, un reconocimiento a esa historia que nos marcó como comunidad.
"Esta sala lleva el nombre de mi papá, y él es el Conductor Núñez, el mismo que da nombre a una calle aquí en Los Lagos. Recuerdo que el tren chico era simpático, muy cercano a la gente. En el camino, si alguien levantaba la mano, paraba como si fuera un bus, los subía y también los dejaba donde correspondía.
A veces, a la mitad del recorrido, la máquina se quedaba sin agua y había que parar a rellenar. En esos ratos, la gente se bajaba, compartía un vaso de chicha con el conductor, conversaban, se reían… Ese tren no era solo transporte, era comunidad sobre rieles."
- María Núñez.
En esta sala se recuerda a quienes llamamos con orgullo los Héroes del Riñihue. Eran hombres de aquí mismo, vecinos y trabajadores que, tras el gran terremoto de 1960, enfrentaron una amenaza inmensa: el lago Riñihue estaba contenido por tres grandes tacos de tierra que podían ceder en cualquier momento. Si eso pasaba, el desborde arrasaba con todo lo que encontrara río abajo, incluyendo a Los Lagos y Valdivia.
Más de 450 hombres se pusieron al frente de esa tarea titánica. Con 27 bulldozers y tractores, trabajaron sin descanso, abriendo canales de evacuación para que el agua encontrara su camino de manera controlada. No había certezas, solo el miedo de que en cualquier momento todo se viniera abajo.
Pero lo hicieron. Con valentía, con esfuerzo colectivo, con esa fuerza que solo da la urgencia de proteger la vida propia y la de los demás. Gracias a ellos, el lago no destruyó lo que estaba más abajo. Hoy, su memoria es un patrimonio vivo de nuestra comunidad, un ejemplo de lo que podemos lograr juntos frente a la adversidad.
En esta sala recordamos a los balseros, verdaderos navegantes del río San Pedro. Ellos fueron quienes, con su esfuerzo y destreza, llevaron durante décadas la madera desde Riñihue hasta Los Lagos.
Sus balsas eran enormes, hechas de troncos amarrados con lianas o cadenas, y las conducían con largas pértigas, usando la corriente a su favor. No era un trabajo fácil: el río podía ser traicionero, con corrientes rápidas y remolinos, y cada viaje significaba un riesgo.
Pero los balseros eran reconocidos por su valentía y su conocimiento del río. Eran también parte del paisaje cotidiano: se les veía cantar, compartir mate o incluso improvisar versos mientras esperaban la corriente justa.
Gracias a ellos, la madera que venía desde los bosques del interior pudo llegar al tren y de ahí al mundo. Hoy, su oficio es memoria, pero su espíritu sigue vivo en la identidad de esta tierra ribereña.